domingo, 20 de agosto de 2006

Manifiesto del No-poeta

Existen dos tipos de pensamientos: aquellos que sabemos que toda la gente tiene, por ejemplo, sabemos que toda la gente piensa en el amor, en qué va a comer, en la muerte, en la vida, en el porvenir; y aquellos que pensamos que son únicos y que sólo nos pertenecen a nosotros. Por la cualidad de estos últimos, no los compartimos, sea porque su naturaleza puede ofender o escandalizar, o porque creemos que son tan bellos que debemos guardarlos para nosotros mismos. Lo que el ser humano desconoce es que muchos de estos pensamientos únicos son en realidad comunes. Lo que ocurre es que se comparte un secreto que todos conocen pero del que no se habla ni se tiene registro. Es ahí donde entra el poeta. Con toda la solemnidad de su título, y engañando al ojo común, el poeta hace alusión a la originalidad y basa en ella su obra. Lo que ocurre en realidad es que, al escribir, el poeta echa mano de sus propios "pensamientos únicos". Al leer una creación literaria el lector conecta los dichos "pensamientos únicos" del poeta con sus propios "pensamientos únicos", y se enamora de la capacidad del poeta de escribir lo que él ha sentido, lo que él ha pensado ya con anterioridad. El poeta reaviva el narcisismo de los lectores. No es el arte del poeta lo que hace amar un poema, sino la propia capacidad del lector de haber pensado algo tan bello o tan único que sólo él, y el poeta, hayan pensado. Si ello ocurre en todos los lectores, entonces podemos pensar que el pensamiento deja de ser tan único. El poeta se convierte meramente en un aparato registrador. La dicha originalidad se convierte en una quimera. Un pensamiento original sería, por ejemplo, "la piedra come patatas con clavos aguados de tanto sonreír". Pero claro, ello no guarda sentido porque nadie lo había pensado, y al ser leído no se conecta con ningún "pensamiento único" personal y es incapaz de amarse. Uno no ama las creaciones de otros, uno se ama a sí mismo en las creaciones de otros. Entonces, ¿dónde está el arte del poeta? ¿Dónde está su valor? ¿Porqué la solemnidad y la presunción del título? Nuestra no-poesía parte de la humildad y del reconocimiento de que no escribimos nada original y nuevo. Escribimos lo que sentimos, no para agradar o para ser reconocidos, sino porque es una reacción involuntaria. Como un latido de corazón, como un estornudo. Es una forma de purificarnos, de sentirnos menos solos. No buscamos el reconocimiento de otros porque pensándolo desde nuestra reflexión, no existe el verdadero reconocimiento. Sólo existe el reconocimiento narcisista del lector en las letras del poeta. Tampoco deberá dársele mayor valor a nuestras letras que a una estrella o a un amanecer. Esta no-poesía es de todos, le pertenece a todos, y de esta manera, como las cosas más importantes, es de todos y de nadie.

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