Habría que averiguar las palabras exactas de Murakami pero, al menos en lo que a mí respecta, no existe una sola razón para no gustar de Mishima. El rumor del oleaje es tal vez muy armónica, sin giros abruptos ni tragedias, pero no por ello deja de ser apasionante. Es un viaje de una belleza ante la cual, como occidental, sólo puedo guardar el más admirado y respetuoso silencio. Tal vez es eso lo que lo diferencia de Murakami. En éste se pueden ubicar más rastros del mundo occidental, con su música y el desamparo al que nos enfrenta la sociedad capitalista. Al menos en este primer acercamiento, Mishima se me antoja más tradicional, más ajeno; la fotografía de un Japón que, por desconocido, me resulta fascinante.
Vivimos en un mundo relativo. Nada en este mundo es verdad. Todo depende. Aún la más verdadera verdad oculta la siempre ingrata posibilidad de ser mentira. Por ello este sitio se declara mentiroso. Porque las mentiras también son relativas; y entonces, aún la más mentirosa de ellas encierra entre sus letras la sublime posibilidad de ser verdad.
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